El regalo de Navidad

No podía sentir nada más que sus fuertes latidos y un silbido que persistía en sus oídos. Se preguntaba una y otra vez qué había salido mal, pero eso no le ayudaría en nada. Como en el cuento que todos los años su abuela contaba en la época navideña, se había esforzado por portarse bien y mejor que cualquier otro niño. El final del cuento siempre era feliz. Aunque cada vez el protagonista obtenía un regalo de Navidad diferente, siempre era algo deseado por él.

Una vez, su abuela le contó que cuando era pequeña, había seguido los pasos del cuento y había obtenido un deseo. Marcos se había emocionado mucho al oírle, así que quiso intentarlo este año. Estudió muchísimo para sacarse las mejores notas hasta en las materias que más odiaba. Ayudó en la casa y a sus amigos en lo que fuera posible. Regaló juguetes, cuentos y dibujos a mucha gente que lo necesitaban. Se esforzó todo el año desde el primer día para que todo fuera como en el viejo cuento. Sin embargo, algo debía haber hecho mal. Estaba seguro, porque en ningún lado la abuela mencionó lo que le había pasado.

Todo ese día había transcurrido normal. Su madre se pasó el día entero con la mucama preparando un gran festín para toda la familia. Incluso él había ayudado a poner la mesa y a limpiar lo que fuera necesario. Su madre era una mujer perfeccionista y tenía un ego muy alto, no quería quedar como una vergüenza frente a toda la familia que les visitaban. Venían los tíos de España y de Chile, con algún que otro pariente del sur de la provincia o de Catamarca.

Todos estaban muy emocionados con pasar la Navidad en aquella enorme casa y aprovechar para visitar Córdoba los siguientes días hasta volverse a reunir para Año Nuevo. Así era cada año que le tocaba a sus padres ser los anfitriones. Marcos, mientras tanto, se llevaba muy bien con la mayoría de sus primos y sus sobrinos un poco más chicos que él. Aunque Nico aún le caía mal por lo que había hecho hacía dos años.

Cuando llegó la medianoche, todos festejaron el nacimiento de Jesús. Los niños abrieron los regalos que llevaban sus nombres y, antes de la una de la madrugada, ya todos se habían ido a sus hoteles o camas. Marcos esperó a constatar que todos en la casa dormían para bajar a buscar el regalo que deseaba, tal cual el protagonista del cuento.

Esperaba ansioso cruzarse con Santa y poder pedirle lo que más deseaba. Nadie lo sabía pero lo llevaba deseando desde hacía dos años y lo deseaba tanto que quería que se cumpliera. El 2016 había sido un horrible año para toda la familia por culpa de Nico y su maldad. Sin embargo, si su deseo se hacía realidad, entonces todos serían felices. Menos Nico, porque él no tenía partido en lo que él deseaba. Marcos estaba seguro que hasta sus padres deseaban de regreso lo que perdieron ese maldito año.

Lento y con cuidado de no hacer ruido, había bajado a la planta baja donde se encontraba el enorme árbol de Navidad. Este se hallaba rodeado de un montón de restos de papeles de los regalos abiertos y moños de todos los tamaños estaban por todo el rincón. Tarjetas con nombres de los niños de la familia estaban colgados de las ramas bajas del árbol. La luz de la cocina alumbraba lo suficiente para leer algunos nombres. Marcos no había abierto su regalo ni se había acercado a ese rincón en todo el día pero pudo ver su nombre colgado entre las ramas. Estaba tachado de rojo, algo que le resultó extraño. Ya que en el cuento no se mencionaba algo así. Dejando pasar el detalle, continúo buscando el regalo que era para él entre los papeles. “¿Cómo puede ser que no esté?”, pensó nervioso y a punto de las lágrimas, temiendo que algún mocoso le hubiera robado el regalo.

Buscó por debajo del árbol y alrededor en la habitación, hasta que oyó algo caerse. Se quedó duro en el lugar temiendo que sus padres o algún tío se haya despertado. Si lo llegaban a descubrir, temía que le regañaran. Pero, al voltearse, lo único que vio fue una pequeña caja envuelta en un papel viejo rojo y con un moño blanco reluciente. Una sonrisa le iluminó la cara con toda la felicidad repentina que sentía. Pensó en cómo podría caber ahí lo que él deseaba pero dejó esas dudas para luego de abrirlo. Tomó el regalo y vio cómo el moño se tornaba negro. Un breve escalofrío repentino le atravesó. Vio la nota del regalo, recordando nuevamente el cuento que estaba imitando. No sabía si reír o llorar de lo emocionante que le resultaba todo.

“Los milagros existen y…”, no logró leer el final. El texto se tornaba borroso e ilegible pero podía terminarlo en su mente recordando el cuento de la abuela. “…Y por tu buen trabajo se te recompensa con un regalo”. Estaba super emocionado y ansioso de obtener lo que deseaba. Quitó el moño, rompió el papel y al abrir la caja… No había nada.

—Pero por qué… —dijo desconcertado y frustrado.

Un nuevo escalofrío más fuerte le recorrió la espalda y notó el ambiente del cuarto extraño. Una pequeña risa se oía muy bajito. Un mal presentimiento comenzó a hacerle sentir que algo iba mal. Buscó con la mirada por todo el cuarto pero no veía a nadie. La risa se volvía a cada latido más fuerte y comenzó a recordar a quién le pertenecía.

—Qui… ¿Quién es? —Dijo tartamudeando de lo nervioso que estaba.

Un grito resonó ahí mismo y tardó unos segundos en darse cuenta que era él mismo quien gritaba. Entre los regalos había visto lo que tanto deseaba, mirándole con un aspecto que no recordaba pero que le permitía reconocerla. Tenía su cabello castaño más largo y llevaba puesto su vestido favorito, con el que la habían enterrado. La risita se hizo más fuerte y antes de volver en sí, estaba golpeando la puerta de su cuarto al cerrarla.

Dando vuelta la llave, corrió a esconderse en su cama mientras tomaba su celular y prendía la lámpara de la mesita de luz. Intentó llamar a su abuela pero no atendía. Le envió mensajes pero no obtuvó ni una respuesta. “Ella debería saber qué pasa”, pensaba mientras transpiraba frío y sus latidos aumentaban. Un “toc, toc”, sonó contra la puerta de su habitación. Sintió cómo se le paraba el corazón, clavando su mirada horrorizada en la puerta. Su voz dulce se oía llamándole a salir a jugar, como muchas veces en el pasado.

—N…No hay nadie —respondió intentado retrasar el final, pero ya nada podría detener la entrega de su regalo de Navidad.

—Hermanito… —Oyó al voltear el rostro y gritó al ser despedazado por sus pequeños dientes de leche. Entre mordiscos y pequeños sollozos, un nuevo mensaje iluminó la pantalla de su celular.

“Los milagros existen y, para recibirlos, debes dar algo del mismo valor a cambio.”


Nota de la autora:

¡Hola! Aquí Beriia (Gisela Bleiÿ), después de bastante tiempo sin publicar. Agradezco a Shiku por permanecer en el blog y lamento que el resto de autores estén perdido en acción. Sin embargo, estaré publicando nuevas historias en lo que la Universidad y otros proyectos me lo permiten.

Espero hayas disfrutado del relato de hoy. El cual había escrito en diciembre para un proyecto que no se dio en Sueños de Tinta. Sin embargo, aunque por ahora tengo pausada la novela de Doncella de hielo, continuo escribiendo relatos cortos. Es por ello que, mientras salgo de mi bloqueo, estaré compartiendo historias de esta extensión.

Gracias por leerme y, también, te invito a compartir tu opinión del relato en la caja de comentarios.

[Total: 0 Promedio: 0]

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.