Abro mis ojos lentamente para ver las nubes del cielo, no llueve, pero sentir como mi cuerpo esta empapado. Todos mis huesos crujen cuando intento levantarme, era de esperar después de todo.

Me pongo de pie y observo la antes frondosa pradera verde esmeralda. Ante mi un mar de cuerpos hasta donde alcanza la vista, millones de soldados descuartizados, aplastados, incinerados, atravesados, muertos al fin al cabo. Volteo mi cabeza para ver la enorme e imponente ciudad que defendí junto a mis hermanos, el humo de las llamas permanece y sobre ella una lluvia de ceniza perpetua oscurece las propiedades ya arrasadas, no ha quedado nada.

Puedo ver mi espada clavada en el cuerpo de una enorme persona de 4 metros, un dios. Tal vez en ese momento ya había renunciado a mi vida, pero había sobrevivido, podría volver a verte, podría…amarte o eso me habría gustado, pues el destino resulta ser caprichoso y en ocasiones no conoce la piedad ni el descanso.

De alguna forma consigo caminar entre los cuerpos de amigos y enemigos hasta el lugar donde yace mi arma. La arranco del cuerpo sin vida y con un ligero optimismo la blando de izquierda a derecha. Parecía que todo iba como quería, pero entonces lo vi de nuevo, Xerth Therom, señor de la corrupción. Con su inadvertida y a la vez imponente existencia me observa de lejos con aquella sonrisa que había olvidado tras miles de reencarnaciones.

“La suerte no esta contigo, o quizás sea la fortuna la que te traiga la eternidad. No desesperes hijo del sufrimiento, tu viaje es algo que nunca podrás parar, el tiempo ya no tiene sentido para ti, la vida o muerto es un mero tramo más del camino. Así que recuerda, no importa cuanto lo desees, el camino no terminará, como tu sufrimiento, será eterno”

Suavemente susurro esas palabras a mi oído y entonces me eché a reír. No porque me hiciera gracia o si quiera me pareciera una broma, sabía que esa era la verdad, porque en un principio, yo solo debía sufrir, ese cálido rayo de luz que era Delia, era solo la paz ante la tormenta.

El cielo se resquebrajo y cayó al suelo como los fragmentos de un espejo roto, el suelo se hundió como los imperios de antaño, mi cuerpo se fundió y nació un nuevo ser. Un monstruo que no sentiría nada. salvo dolor. Cargando la muerte de millones y otra carga aun más pesada si cabe, los recuerdos de incontables existencias trágicas.

Miedo a cada paso, pudiendo sentir las manos de aquellos que murieron en batalla conmigo agarrando mis piernas. Pudiendo oír sus alaridos agonizantes y su odio oculto en los más recónditos recovecos de sus inocentes almas.

El tiempo se vuelve una corriente que se lleva al instante la ciudad que juré proteger y en la que habría deseado morir, para volverla polvo, los cadáveres desaparecen y solo quedan huesos polvorientos esperando ser tratados como joyas por las gentes del futuro, mientras que yo existo.

Un cadáver sin tumba, un muerto sin lugar donde descansar, un vivo sin hogar o lecho donde yacer y morir. Un vagamundo sin pobreza o un rico sin fortuna, un caballero sin honor y un emperador sin pueblo. Eso era, un fallo, un error, alguien que había errado al existir y el universo me lo recordaría cada instante de mi existencia.


Este es uno de muchos recuerdos que el viajero ha perdido a lo largo de los eones, su nacimiento, que sería el principio de:

Su rostro se levanta, sus ojos violeta se clavan en el cielo oscuro, su pelo corto se mueve como las briznas de hierba lentamente, sus labios se separan suavemente. Su mirada baja y observa la vasta pradera gris, sin vida, sin muerte, sin color.

Las nubes cubren suavemente la oscuridad eterna de un mundo estancado. Sus pies se mueven por primera vez en su vida y también por última.

Un paso indeciso, un miedo aflora, una zancada de más una menos para el final. Un camino eterno, una meta inexistente. Un deseo esperanzador, un miedo irracional. Un segundo, un año.

Su alma, afligida por aquello llamado sufrimiento emergente, un dolor repentino, un crujir, un latido moribundo, un suspiro de vida, una muerte en paz, una soledad eterna.

El tiempo corre, o quizás no. El brillo en sus ojos se desvanece y poco después su color, solo negros pozos cual cielo sin evolución. Su pelo se cae y se marchita como árbol milenario sin raíces. Ahora negros cabellos crecen incesantes e imparables y cubren su ser.

Sus manos se funden y sus huesos también, para formar un nuevo cuerpo, tan blanco que resulta impoluto, tan negro que asola al abismo, tan vacío que alcanza la perfección.

“Ni vida ni muerte, aquel que la senda del viajero errante hace”

“Paso tras paso un camino perpetuo”

“Sin pasión, sin felicidad pero con miedo”

“Ira llameante sus cuerpos mueve”

“No por aquel que les condena, sino, por ser ellos mismos”

Esas palabras sueltas en su cabeza nacen, tan simples, tan duras, cuan cruel es el destino, caprichoso como el tiempo que tu vida roba. Magnificencia en polvo queda.

Perdido en un abismo incoloro, el tiempo pasa y vuelve a pasar, un ciclo, dos ciclos, tres ciclos. Eón tras eón, el sentido se pierde, la cordura abandona y la locura se revuelve.

La soledad no perdona, sus garras agita y tu cuerpo recibe su golpiza, ¿pero ya que es ese sufrimiento con el ya sufrido?

Te pierdes en tu senda, hipnotizado por un deseo de ver el final inexistente, una esperanza falsa, una mentira fruto de la debilidad.

Perdido en los recuerdos en busca de algún color, mas tomado fue de tu vista y de tu ser, no más belleza has de ver.

No más felicidad tienes que sentir, solo sufrir eternamente para deleite de aquellos que también sufren sin saber.

Un monstruo que trae muerte, un dios que trae vida, no, no has de poseer si quiera eso, solo el vacío es digno de ti.

Quieres gritar, quieres llorar, pero todo eso es oscuridad. Lágrimas de tinta lastimera que corrompen el mundo con su fluir, gritos agonizantes que hasta a las bestias harán sufrir.

 

Tortura sin nombre que soportar, ropas negras de luto por la eternidad.

No por aquellos que en tu pasar perecerán, por tu alma inocente y pecadora que nunca sufrirá.

Contradictorio es, mi sufrimiento puedo entender, pero a la vez, ¿es está tranquilidad lo que se llama “paz”?

¿Es mi amor el que me hace pasar por penitencia o mi estupidez?

Mi valor o mi cobardía la que me arrojan al pozo sin fondo por el que lento desciendo esperando poder ver su final.

Irónico que aun pueda pensar, deleitarme con mi propio sufrimiento. Mis alaridos música celestial y mis lágrimas un dulce manjar.

Mis dedos danzan y mis pies también, un baile, todo es tan solitario, ni el sonido me acompaña, rítmico es mi suspiro tanto como la encantadora melodía de la soledad.

Acompañado de un peso que no puede soportar.

El viajero errante, viaja por la eternidad.

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