Ya había anochecido y la luna llena iluminaba desde lo alto del firmamento al antiguo pueblo Ike. Los aldeanos y animales diurnos descansaban en la oscuridad de sus hogares. La nueva generación de guardias, tan valientes como sus antiguos predecesores, custodiaba las murallas del pueblo con diligencia, mientras vigilaban y protegían a este de las feroces criaturas que habitaban el bosque y montañas que le envolvían y ocultaban del resto del mundo. Pero sin importar cuán poderosos se volvieran, ninguno de ellos podía proteger al pueblo de mí, ni sus barreras más poderosas podrían hacerlo… Porque yo era parte del pueblo y el pueblo era parte de mí.

Nadie podía verme ni sentirme pero todos sabían que yo estaba allí y que ese año nuevamente caminaría entre ellos. Después de diez largos años de descansar y recuperar el suficiente poder mágico que conllevaba despertar, volví a contemplar este pueblo que tanto llegué a amar y que cada vez debía abandonar para volver a la completa y oscura soledad. Caminé solitaria bajo los rayos de la luna desde el centro del pueblo, dejando detrás la vieja estatua que representaba, con una postura firme y elegante, lo que una vez fui.

Sin necesidad de voltear, seguí mi camino dejando atrás el lugar donde reposaba aún mi verdadero cuerpo sellado. Paseé disfrutando y observando los nuevos cambios que se habían hecho en el pasar de los últimos años. La tienda de sombreros que ya no estaba, las casas que habían sido nuevamente pintadas y redecoradas, los pocos caminos de tierra que quedaban ahora estaban cubiertos de piedra y nieve. Todo el pueblo cambiaba con el pasar de los años, pero los habitantes eran constantes en su forma de pensar y creer.

Caminaba en el silencio de la noche, oyendo apenas el susurro del viento meciendo los árboles y moviendo puertas o ventanas mal cerradas. Sin un destino fijo, guiada por el viento y los latidos del mundo que resonaban conmigo, era una simple alma, un milenario “fantasma” vagabundo. No sabía a dónde iba, pero estaba segura de que era el lugar correcto y caminé hasta llegar a esa casa, estaba más deteriorada que en mis recuerdos pero aún la reconocía.

Era la casa que había contemplado, de esta misma forma, diez años atrás y, aunque temí por lo que hallaría dentro, no me detuve. No porque así lo quisiera sino porque era ley tallada en mí que me movía. Así, sin convicción, me adentré una vez más en ella y noté cuánto había cambiado desde la última vez, cuán fría y solitaria se había vuelto.

Pasando de la entrada, caminé cruzando el salón lleno de muebles corroidos por el tiempo y me dirigí a donde ella estaba, siguiente los latidos de su corazón. La encontré al cruzar la última puerta, escondida al fondo de su habitación. Cuadros viejos con rostros felices decoraban rincones de la habitación, papeles llenos de palabras y dibujos se esparcían tanto en su mesa como en el suelo y todo tipo de objetos le rodeaban cubriendo estanterías incrustadas en las paredes.

Sin detenerme a observar aún más, me acerqué entre la felicidad y la agonía a su reposo, donde una considerable cantidad de frazadas la cubrían de la fría madrugada. Apenas podía verse su rostro, aún húmedo por sus lágrimas, con una ligera sonrisa de un sueño que acabaría pronto, en cuanto la tocara. Hoy se cumplían diez años desde la primera vez que la vi, cuando aún era una pequeña niña que perseguía a su amada hermana cruzando el pueblo en pleno festival. Aún recuerdo su llanto y sus ruegos que eran acompañados de la desesperanza que deformaba tan bello rostro.

Lo hecho ya no podía ser cambiado y lo que haría, tampoco. Por lo que, llena de tristeza y desaliento, caí sobre la muchacha que descansaba en aquella cama y me adentré en ella, envolviendo su alma y compartiendo nuestros recuerdos. Soñaríamos, juntas, con miles de mujeres que vivieron mucho antes de ella y con su querida hermana.

Eso no sólo sería un sueño, pues también sentiría y oiría viejos pensamientos que jamás fueron pronunciados. Casi tres mil años en un sueño, donde nacería, viviría y moriría una y otra vez, para nacer, crecer y revivir lo ya vivido hasta este día. Una vez más, era una amenaza para su vida y para lo que ahora tenía, pero apenas al amanecer comenzaría nuevamente mi pesadilla, cuando despertara y se enterara de que ese sueño no era ninguna mentira.

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