Tras un rato durmiendo el monstruo se despierta lentamente: “Val, trae agua, tengo la boca seca.” Con esas palabras me levanto rápidamente, me acerco a la cocina y traigo una jarra y un vaso. Él se va incorporando y toma un par de tragos: “¿El muchacho sigue vivo?” Me giro en dirección al sofá y encuentro al chico, respirando débilmente: “Parece que sí.” El monstruo se levanta de forma torpe, como si su cuerpo estuviese tremendamente entumecido: “Ven conmigo.” Le sigo y me pongo a su lado, temerosa por si cae al suelo. Tras un par de minutos llegamos enfrente del cadáver del ángel. Él se inclina ligeramente y empieza a recoger las plumas de las alas: “Vamos, tu también.” Sin atreverme a rechistar empiezo a recoger el material. Finalmente tomamos la armadura y lo llevamos todo junto dentro de casa, dejando un cuerpo parecido al humano, con dos alas sin plumas y cortado por la mitad, entre los árboles. Él se vuelve a sentar: “Funde las piezas de armadura, pero antes arroja este gas el fuego.” Y me da un pequeño cilindro de metal. Arrojo las piezas al caldero de piedra y libero el gas debajo del mismo, con ello el fuego se intensifica repentinamente. Poco a poco voy deshaciendo el metal hasta que queda un líquido viscoso de color rojo intenso. La siguiente instrucción llega repentinamente a mis odios: “Usa un mortero para machacar las plumas.” Agarro un mortero y me pongo a ello manteniendo la llama del horno viva y el metal fundido. Cuando termino consigo un tazo lleno de unos pelos blancos. Él vuelve a hablar: “Mete todo en el caldero.” Lo arrojo y me pongo a removerlo. Tranquilamente me extiende unos moldes de arcilla: “Vierte la mezcla en estos moldes, antes de que enfríe.”

Al terminar el proceso consigo cuatro piezas de blanco puro en forma de circulo. Él suelta un largo suspiro: “Ve por cabellos del ángel y tráelos.” Mientras consigo un cuchillo salgo de la casa, tímidamente me acerco al cuerpo y tomo parte de la cabellera dorada, con ello vuelvo a casa y lo entrego todo al monstruo. Este va agarrando cada uno de los finos cabellos y los va envolviendo en el círculo blanco, finalmente cuelga tres plumas de cada uno. Y como toque final introduce una gema de cada color a cada circulo: Rojo, verde, amarillo y azul. Él sonríe: “Cuelgalos de cuatro postes haciendo un cuadrado alrededor de la casa.” Salgo y realizo el proceso con las piezas. Vuelvo a la casa y me lo encuentro sentado, tranquilamente extiende la mano con un buen puñado de monedas de oro: “Ve a la ciudad y consigue un mapa del mundo mientras termino los preparativos.”

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